Aprende español

Las Hurdes

I

Las Hurdes o Jurdes tienen de antaño el prestigio de una leyenda, y cuantos van a ellas van, dense o no clara cuenta de ello, o a corroborar y aun exagerar la tal leyenda o a rectificarla. Y no creo haber estado libre de este sentimiento.

Hace ya años, lo menos diez y ocho, que me llegué desde la Alberca hasta el famosísimo valle de las Batuecas, y desde entonces quedé deseoso de visitar las Hurdes; mas aunque después he andado por la sierra de Francia, nunca, hasta este verano, se me cumplió el deseo.

El lector que desee noticia detallada de la región de las Hurdes, de sus tierras y sus gentes búsquela en otra parte. Desde M. Vide se han escrito diferentes relaciones. La última de que tengo noticia, la del viaje del señor Blanco Belmonte, es excelente. Lo que va a seguir son notas de un curioso excursionista, que toma lo que ve y observa al azar de sus correrías como punto de partida para sus reflexiones, tal vez algo arbitrarias.

Nos dispusimos a entrar en Las Hurdes mis dos compañeros de excursión y yo por el Casar de Palomero, desde Extremadura. Mis dos compañeros eran M. Jacques Chevalier, profesor del Liceo de Lyón, y M. Maurice Legendre, este puro francés tan amante y tan buen conocedor de nuestra España. Legendre conocía ya las Hurdes. En el número de julio de este año de La España Moderna puede verse la traducción de un trabajo suyo, «El Corazón de España», publicado antes en Le Correspondant. Es algo que debe leerse en España y hacer votos por que todos nuestros amigos franceses sean como Legendre. Nos acompañaba el tío Ignacio, de la Alberca, de quien Legendre da noticia en su escrito. Íbamos, pues, dos españoles y dos franceses.

Partimos de Aldeanueva del Camino a pie, y por Abadía y Granadilla nos dirigimos al Casar de Palomero. Tierras extremeñas, las que cantó como una alondra Gabriel y Galán; tierras solemnes. Hay algo de religioso en la majestad de ciertos alcornoques--honni soit qui mal y pense--, y nunca he podido verlos desollados, como San Sebastianes vegetales, sin profunda emoción. Como hay otra cosa en el bosque que me sobrecoge siempre, y es el cadáver, el esqueleto de un árbol.

La vista de Granadilla a la distancia, con su recinto de murallas y su torreón de entrada, nos quita algunos siglos de encima. ¡Y pesan tanto! Pero más pesa aún la paz plúmbea, bajo un cielo de implacable limpidez, de que se ve uno ceñido dentro de la villa. Y por dondequiera el recuerdo de Galán, del poeta. Y esos hombres de siempre, fuera de época, que parecen arrancados de una novela picaresca, y con que uno se encuentra en las posadas de los pueblos donde no hay ferrocarril; esos hombres como el sastre aquel ambulante y aficionado al zumo de la vid.

Después de Granadilla, unas soledades henchidas de luz del cielo. La jara, como pebetero del desierto, las perfuma. Por allí, el torbisco, amargo como la vida de quien tiene que trabajar esa tierra; madroños, romero, lentisco y aquella retama, contenta dei deserti, que cantó Leopardi.

Al empezar a ver sobre Moedas, en el puerto del Gamo, castaños y olivos mezclados en no si amigable compañía, recordé haber visto en no qué Atlas geográfico separadas por una línea la región del olivo y la del castaño. Debíamos estar en la línea misma. Y de hecho casi siempre se vive en líneas así, divisorias.

¡Y qué largo se me hizo el camino al Casar! En una gran ermita empezó a anochecernos, y aquello no acababa. Silenciosos, sin decirnos nada, uno tras otro, sobre el pedregal del sendero montañés. Y al llegar al Casar, de noche ya, qué tragos de agua, de agua de Sierra, del cántaro de una buena samaritana--es un decir--de la fuente que hay a la entrada del pueblo. Mientras bebía, al levantar con la cabeza los ojos, encontraron éstos en una estancia de la casa frontera, iluminada a luz eléctrica, dos novios sentados a una camilla. Me informé luego de ellos. Es una vieja debilidad.

El Casar de Palomero puede llamarse la corte de las Hurdes, y sus dos capitales, Pinofranqueado y Nuñomoral. Es decir, las Hurdes tienen dos especies de cortes: el Casar del lado de Cáceres y la Alberca del lado de Salamanca.

Buen pueblo el Casar, atractivo para quien ama la paz del retiro y el retiro de la paz. Pueblo con dos médicos, y esto no es ninguna bendición cuando basta y acaso sobra uno, y esa dualidad es fuente de disensiones y partidos, y pueblo con dos fábricas de luz eléctrica, lo que les permite alumbrarse casi de balde. Y no deja de estar relacionado lo de los médicos con lo de la luz.

Excelente remanso de sosiego este Casar de Palomero, con su fisonomía serrana, sus grandes balcones de madera para tomar el fresco. Cuando entramos, anochecido ya, parejas de enamorados, bien arrimaditos, en los bancos de las casas. ¡Estos amoríos lentos de los pueblos recogidos y aislados!

Topé con conocidos, con estudiantes, y pronto tuvimos en torno nuestro en la posada a los notables del pueblo. Y gusta charlar así. Nos informaban de las Hurdes y de los hurdanos, y pude observar que la leyenda empezaba ya allí. Y además, que suele suceder que aquéllos que viven junto a una región famosa y de que se habla mucho suelen ser con frecuencia los que menos han sentido el acicate de ir a conocerla por . El maestro del Casar, D. Feliciano Abad, que conoce las Hurdes. Un pequeño croquis que de ellas nos hizo nos fué utilísimo.

Retiro de paz y remanso de sosiego he llamado al Casar, y así es. Pero sería más si los perros le dejaran a uno dormir de noche. Toda la noche fué una lamentable sinfonía--es un decir también--de ladridos. A ratos estuve por asomarme al balcón a gritar: «¡Que maten a ese perro!». Pero no era uno solo, no. Parecía alejarse, perderse en el otro extremo del pueblo; pero volvía al punto.

Sólo al romper la mañana, cuando los gallos cantan, callaron los perros. Había ya otros voceadores que nos desvelaran.

Y a la mañana, después de haber visitado la iglesia y aquella cruz que los judíos apedrearon antaño, emprendimos, montaña abajo, junto al río Ángeles, que corre entre piedras limpísimo, el camino de Pinofranqueado, de las Hurdes. El maestro nos escoltaba.

Estábamos ya en las Hurdes, lejos del mundo bullanguero, siguiendo lo que dice el agua que canta al pie de las montanas peladas, vestidas no más que de brezo, helecho y matorrales bajos; montañas de perfiles suaves, redondeadas, que bajan, al parecer, mansamente a bañar sus pies en el agua; pero montañas recias y ásperas, madrigueras de bestias más que cunas de hombres. Pero ¡qué sensación de recogimiento! ¡Y el bañarse allí, en la claridad del agua que canta entre canchales y secarse al sol, desnudo como el cuerpo que se le entrega!

¡Adiós el mundo de los periódicos y de la política! Por unos días no habríamos de saber nada de él.

Los tesos, collados y montañas se entrebrazaban unos con otros. En su disposición general forman las Hurdes tres hondos valles casi paralelos: el del río Esperabán, el del Fragosa y el del río Hurdano, sin contar el del río Ángeles; pero, dentro de esta traza, ¡qué intrincamiento de repliegues! Difícilmente se encontrará otra comarca más a propósito para estudiar geografía viva, dinámica, la acción erosiva de las aguas, la formación de los arribes, hoces y encañadas. Y una maravilla de espectáculo a la vista, ya desde los altos se dominen las hondonadas y el vasto oleaje petrificado de las líneas de cumbres, ya desde los barrancos se cree uno encerrado lejos del mundo de los vivos que leen y escriben.

Y así llegamos a Pinofranqueado, la capital de las Hurdes bajas. Un buen pueblo, sin nada de la ridícula leyenda del salvajismo hurdano. ¡Y con impaciencia de entrar de una vez en las verdaderas Hurdes, es decir, en aquéllas de que se nos ha dicho tantas veces que los hombres casi ladran, que se visten de pieles y huyen de los... civilizados! Había que entrar de una vez en esa región que alguien ha dicho es la vergüenza de España, y que Legendre dice, y no sin buena parte de razón, que es, en un cierto sentido, el honor de España. Porque, ¡hay que ver lo heroicamente que han trabajado aquellos pobres hurdanos para arrancar un misérrimo sustento a una tierra ingrata! «Ni los holandeses contra el mar», me decía, y no le faltaba razón.

Pero de esto más adelante.

II

En Pinofranqueado, donde comimos, nos hizo el maestro del Casar un croquis topográfico de las Hurdes y nos dió una carta para el secretario del pueblo, D. Juan Pérez Martín, entusiasta e ilustrado hurdanófilo, que estaba ausente, y a quien encontramos en el camino a Las Erías, donde íbamos a dormir. No habíamos tenido que tocar las provisiones con que en Béjar nos proveyó Venancio ni hemos tenido apenas que tocarlas en nuestros cinco días hurdanos. "Miren ustedes que allí no hay nada, ¡ni pan!", y el buen fondista bejarano quería cargarnos de vituallas. "Pero algo comerá allí la gente...", decía yo. "; patatas asadas entre dos piedras". Y, en efecto, la gente, aunque sea mal--no tan mal como dice la leyenda--, come, y quien allá va puede comer también. ¡Ahora, esos señoritos remilgosos!...

Al rato de salir de Pinofranqueado, en plenas verdaderas Hurdes ya, encontramos a su secretario, D. Juan Pérez. Se puso a nuestra devoción y se volvió con nosotros. Hombre despierto y vivo y uno de los mejores informantes de cuanto a las Hurdes respecta. Él nos hizo saber todo lo que esa región debe al que fué obispo de Plasencia, el salmantino D. Francisco Jarrín Moro, cuya labor en las Hurdes fué realmente benemérita.

Seguíamos entre esguinces y rodeos, buscándoles las vueltas a los tesos, el río Esperabán. Atravesamos dos pequeñas alquerías hurdanas, la Muela y el Robledo, sin detenernos en ellas. Pasé junto a una casa de piedras apiladas, tejados de pizarra, sin más hueco que la puerta de entrada. Empezaba la visión de la miseria.

Ya muy al atardecer llegamos a Las Erías, donde habíamos de pasar nuestra primera noche verdaderamente hurdana. Nos sentamos a tomar el fresco y contemplar el cielo limpidísimo, en una de aquellas callejuelas escabrosas, junto a corralillos enanos. Unos grillos caseros, blancos, según me dijeron, que se albergan en las rendijas de los muros de aquellas casucas miserables, cantaban la desolación de la barranca en que penan los hombres. Casi todo el pueblo nos rodeó: niños, mozos y viejos, y en torno a nosotros, a los forasteros, se hizo serano. ¡Pobres gentes! Hay que oirles quejarse de la triste y dura tierra que les ha cabido en suerte. ¡Pero no la abandonan, no! Más bien se apegan a ella, con tanto más trágica querencia cuanto más dura es. Suele quererse más, no al hijo más hermoso y afortunado, sino al más desvalido y desgraciado, al que costó más criarlo y sacarlo adelante. Un escritor prefiere de entre sus escritos el que más trabajo le costó, no el que obtuvo mejor éxito.

, es hondamente humano el que estos pobres hurdanos se aquerencien y apeguen a aquella tierra que es, más que su madre, su hija. Legendre me decía que eran el honor de España. Y no es paradoja. Han hecho por , sin ayuda, aislados, abandonados de la Humanidad y de la Naturaleza, cuanto se puede hacer. Entre aquellas quebradas fragosísimas, en los abruptos barrancos, bancales levantados trabajosísimamente; un muro de contención para sostener un solo olivo, una sola pobre cepa de vid; canalillos en que se trae el agua de lejos y que hay que rehacer a cada momento; huertecillos enanos, minúsculos, cercados que parecen de juguete infantil. Y luego baja el jabalí y les estropea el patatal, su casi único remedio contra el hambre. Casi llorando me lo decía una pobre mujeruca de las Mestas.

Y todo ese rudo combate contra una naturaleza madrastra--allí que encaja el "madre en el parto; en el querer, madrastra", de Leopardi--lo hacen solos, sin ayuda de bestias de carga, llevando a cuestas las piedras de la cerca o del bancal, transportando a propio lomo por senderos de cabras o entre pedregales sus cargas de leña o el haz de helecho para la cama. Rico, riquísimo, el que posee un borrico entero en uno de los pueblos pobres. Contáronnos que había veces en que al casar un padre a su hija--las bodas las hacen los padres y cuando apenas son adolescentes los mozos--la daba de dote la pata de un asno; es decir, una cuarta participación en la propiedad del asno, o sea el poder disponer de él cada cuatro días, alimentándolo entonces. Y el novio iba la víspera de la boda al monte a recoger helecho para la cama nupcial, la del rejollijo.

Mas yo las cuatro noches que dormí en las Hurdes dormí en cuatro diferentes camas y buenas, mullidas y limpias.

En limpia y buena cama dormí en Las Erías, en casa del maestro de la alquería, de uno de esos maestros habilitados que la Diputación de Cáceres ha puesto por las Hurdes, de uno de esos heroicos ciudadanos que por un pobre estipendio van a luchar en una lucha no menos trágica y menos recia que la de los pobres hurdanos con su madrastra tierra.

Cuando descansábamos en las escarpadas callejuelas de Las Erías, al ir cayendo, como un celeste consuelo, una noche de serena majestad sobre la ceñuda desolación de la madrastra, empezaron a volver al pueblo las cabras, las cabritas enanas de las Hurdes. ¡Pobres animalitos!

La pobre gente hablaba de su vida mansa, humilde, resignadamente. Me entró la duda de si las quejas eran quejas rituales, eco de lo que han oído a los que se constituyen en sus abogados, o una forma más de nuestra característica quejumbrosidad española, de esta detestable manía de pordioseros de estar siempre lamentándonos de nuestra suerte y la de nuestra patria. Me entró la duda de si todo ello no era sino la voluptuosidad de la queja. Porque es el caso que ellos apenas emigran, y si salen, vuelven pronto a encerrarse allí. ¿Y el secreto de esto? Ya os diré lo que de ello creo.

Partimos al amanecer de Las Erías trepando a unos altos para llegar a Horcajo. ¡Estupendo panorama! Me acordé de la frase de Obermann, de que jamás se podrá expresar el sentimiento de la montaña en una lengua hecha por los hombres de las llanuras. Allá, en lo hondo de la encañada, se apeguñaban los tejados de pizarra de las casucas de Las Erías, bien apretados unos a otros, como un testudo romano. Y todo ello, la alquería, como una roca en pedazos. Diríase un fenómeno de mimetismo; que los pobres hombres querían confundir sus pobrísimas viviendas con las rocas de la madrastra, para escapar así al ojo del Supremo Cazador.

En Las Erías, en invierno, el sol no dura más de cinco horas, de nueve a dos. Pero allá arriba, en otra mucho más miserable alquería, colgada en las abruptas cuestas de un sombrío repliegue de la montaña, allí apenas si hay sol. Sus misérrimos moradores son, en su mayoría, enanos, cretinos y con bocio. Nuestros informantes atribuíanlo a la falta de luz del sol. Otros lo han atribuido, al buen tuntún, a lo corrompido de las aguas. Y parece ser que es todo lo contrario: que ello se debe a la pureza casi pluscuamperfecta de las aguas, a que las beben purísimas, casi destiladas, recién salidas de la nevera, sin sales, sin iodo sobre todo, que es el elemento que, por las tiroides, regula el crecimiento del cuerpo y la depuración del cerebro. Y esta explicación, que parece satisfactoria, me despierta una analogía. Y es que también los que no beben sino ideas puras, destiladas, matemáticas, sin sales ni iodo de la tierra impura, acaban por padecer bocio y cretinismo espirituales. El alma que vive de categorías se queda enana.

¡Pobres hurdanos! Pero... ¿salvajes? Todo menos salvajes. No, no, no es una paradoja lo de mi amigo Legendre, el inteligente amador de España; son, , uno de los honores de nuestra patria.

III

Cuando entramos en Horcajo hirió lo primero mi vista, como ya en Las Erías me pasó, las macetas de flores en ciertos salientes de las casucas. Bien se conocía que estábamos en Extremadura, donde se rinde a las flores mucho mayor culto que en Castilla. Y vi en Horcajo, al entrar de improviso en él, las hurdanas lavando a sus chiquillos. Y arrullándolos con maternales caricias.

Una de las cosas que más han llamado mi atención en las Hurdes es la gran cantidad de niños preciosos, sonrosados, de ojillos vivarachos, que he visto. Luego se estropean en aquella terrible lucha por el miserable sustento. Y es curioso también ver las grandes diferencias de unos a otros. Paréceme que el tipo medio como si se borrase. Junto a hombres entecos, esmirriados, raquíticos, se ven recios mocetones quemados del sol, ágiles y fuertes, y junto a pobres mujerucas, prematuramente decrépitas, encuéntrase muy garridas y guapas mozas.

Desde Horcajo, para pasar al Gasco, al valle--o, mejor que valle, barranca--, en cuyo fondo corre el río de Fragosa, una imponente cuesta. Desde lo alto, abierto el pecho, respirando a todo pulmón el aire de las cumbres, se veía allá abajo el que dicen el volcán de las Hurdes. No voy a hablaros de él, ni de las cascadas. Otros han dicho muy bien de esto.

Esta barranca del río Fragosa, este valle central de las Hurdes, es lo más miserable de éstas. Difícilmente se encontrará peores poblados que el Gasco, Fragosa, Martilandrán. Al atravesar el Gasco por aquellas infernales callejuelas, entre aquellos hombres ceñudos y negros, me asomé a la puerta de un casuco. La carita, fresca como una rosa y brillante como un lucero, de una niña, hacía resaltar la hórrida y sucia negrura de aquella zahurda.

Y siempre las quejas. «Por aquí debía venir el rey a comer lo que comemos»--decía una mujer que, si no era vieja, lo parecía. Y decíalo en muy claro y muy neto castellano. Porque eso de que ladren o poco menos, es otra patraña. Hablan castellano, y lo hablan muy bien. Y no huyen de los visitantes. Al contrario, acércanse a ellos a pedirles cigarrillos y por si cae alguna perrilla que les remedie.

Por fragosísimo sendero, desde el Gasco a Fragosa. Y aquí a bajar al río, a darnos un baño en su lecho de rocas redondeadas y dulcificadas por el agua. Un agua clara, tibia, rumorosa, soleada. «¡No hay agua como la de aquí!»--decían con orgullo. Y esto lo oímos en las Hurdes por dondequiera. La tierra es mísera, dura, pedregosa; pero, ¿aguas? ¡No las hay mejores en el mundo! Esto mismo dirán, me figuro, aquellos pobres enanos cretinos y con papera de la alquería colgada de la cumbre. Como los otros, los de los conceptos destilados y sin sal alguna, dicen: ¡No hay ideas como las nuestras, como las ideas puras!

Junto al lugar del baño, a la sombra de unos castaños y al son del canto del agua, nos pusimos a comer. Bajó una buena parte del pueblo, mozos y mozas sobre todo, y nos rodearon en tertulia. Logré un muy halagüeño éxito poniéndome a dibujar. «¡Y lo hace sin máquina, como escribiendo!». Un chicuelo hizo gala de su conocimiento en lectura. Y un mozo, ya hombre, fuerte, limpio, garboso, de nombre Bernardo, nos mostró lo claro y vivo de su inteligencia. El pobre hurdano ansiaba conocer las lenguas de los distintos reinos--nos oyó hablar francés--, correr tierras, ver mundo, salir de las fragosidades de Fragosa. Sabía que para ir a Roma por tierra hay que pasar por Francia. Mas de seguro que si sale volverá a su pobre Fragosa, a la miserable alquería tan heroicamente arrancada a los furores de la madrastra, allá, entre sus pobres olivos, su huertecillo de patatas, sus cabritas enanas. ¿Por qué?

De Fragosa, pasando junto a la alquería de Martilandrán, pero sin entrar en ella, a Nuñomoral. ¿Para qué habíamos de entrar en una más de esas miserables mazorcas de tugurios? ¿A qué conduce apurar el espectáculo de la miseria? Además, no íbamos a hacer estadística, ni menos sociología. Y Dios les libre a las Hurdes de que caiga en ellas un sociólogo.

Nuñomoral, en una vega algo más extensa que lo son en los barrancos de las Hurdes, es ya otra cosa que esas miserables alquerías que acabábamos de atravesar. Hay, , en Nuñomoral viviendas deplorables; pero junto a ellas se alzan algunas excelentes casas modernas. La de D. Patricio Segur, de cuya hospitalidad cordial y franca gozamos, es una muy buena casa hasta para fuera de las Hurdes.

Y es así como va transforma aquella región, partiendo el cambio de ciertos centros tales como Pinofranqueado y Nuñomoral, y aun Las Mestas, especie de capitales. Siempre la civilización ha sido de irradiación urbana. Y se consigue, sin duda, más, mejorando esas capitales y que de ellas irradie la mejora, que pretendiendo levantar homogéneamente el nivel civil del campo. Mas veo que caigo en sociólogo, y esto es peor que verse obligado a no beber sino agua purísima de las cumbres, agua destilada del cielo.

De Nuñomoral, en un principio por el nuevo camino vecinal que se está haciendo, a Casares, pasando por La Segur. Esta alquería de La Segur es tan mala como cualquiera de las del valle de Fragosa. Me asomé a la vivienda de uno que me dijeron era uno de los ricos del pueblo, y aquella visión cortaba el respiro.

Por todas aquellas abruptas faldas había grandes manchones de quemado, para que el brezo retoñe más lozano. Pero queman también los pinares, los persiguen. Es decir, cuando son del común, cuando el Concejo los hubo plantado, no cuando son de particulares. Hay lo de que los cabreros son los enemigos más acérrimos del arbolado; pero hay también la guerra a la propiedad comunal. El hurdano es radical y fundamentalmente individualista. Como que por eso brega y pena allí y apenas emigra, y si emigra vuelve.

En Casares, un buen refrigerio, gracias a D. Santiago Pascual, y un buen reposo, una siesta restaurada. Y desde allí a trasponer un alto para dar vista al otro valle, o mejor barranca, al de las Hurdes Altas. Y una vez más volví a gozar la emoción, tan familiar a mis mocedades, de estas ascensiones lentas, en rodeos y vueltas, abriendo más cada vez el pecho, ganando más horizonte cada vez, viendo achicarse lo que abajo queda y mirando de rato en rato a la nítida línea en que la cumbre corta al cielo e imaginándose uno cómo será el otro mundo--porque es un mundo también--que del otro lado se extiende. El macho se detiene a las veces a comer un poco de carqueja y uno se impacienta. Es mejor ir a pie, llevarse a mismo, que llevar un macho. «¡Qué brutos animales!»--repetía, como un estribillo, el tío Ignacio.

Y por fin en la cumbre, habiendo domeñado al coloso, puéstole los pies en la cabeza, y contemplando, mientras se toma huelgo, cuál será la mejor bajada. Allá en el fondo la entrada de la tercera barranca, la del río Hurdano, que se hurta a la vista en el intrincamiento de los montes, cuyos perfiles se cruzan como en el corte que llaman los carpinteros cola de milano. Y al pie de nosotros, en la hondonada, la testudo de tejados pizarreños de Ríomalo de Arriba. Al acercarnos al cual una chicuela que estaba en un huertecillo, salió disparada, saltando de risco en risco, como una cervatilla a la que se sorprende. Y subían cantares del fondo. Y no la primera vez, pues ya otras, al acercarnos a estos misérrimos pueblecitos, oímos algún cantar humano subir barranca arriba, hacia los cielos.

IV

Las Hurdes Altas, desde Ríomalo de Arriba a Las Mestas, es, en conjunto, lo menos malo de toda la región hurdana. Las parras que sombrean de un lado a otro la callejuela principal de Ríomalo, al despedazar la luz que en ella entra, como que la viste de un abigarrado traje. Al salir del pueblecillo, sus habitantes casi todos habíanse congregado a vernos marchar. «¿Qué serán? ¿Los del camino? ¿Ingenieros? ¿Acaso algunos que vuelven de América?».

Junto al río, entre las piedras, la moza que estaba a macerar el lino, se lavaba las ágiles piernas. Y era un espectáculo de paz y de sosiego. Una moza esbelta, firme como un arbolillo silvestre que no conoce la poda. Me acordaba de Rousseau y de sus teorías, tan en boga en un tiempo, sobre el estado de naturaleza.

Un alto en el Ladrillar, a tomar huelgo y agua, esa agua como no la hay otra. Y reunión de comadres y las lamentaciones de rigor. Hasta que un recio mocetón, curtido del sol, que llevaba a un niño en brazos, exclamó que estaba ya harto de oir tanto repetir que era aquella la peor tierra; que esto no era así, ni mucho menos; que él había corrido mundo, habiendo estado en el Canal--el de Panamá--, en el Brasil, en la Martinica, en Jamaica... y que había visto muchas tierras peores que la que ellos habitaban. «¿Pero esas tierras están habitadas?»--le pregunté; y él:--«No, señor, porque no las cultivan»--me contestó--. «Ésa es la diferencia--le dije--; que allí no se empeñan en habitar y cultivar lo que no lo merece».

¿Tuve razón? Porque ved por qué esos pobres heroicos hurdanos se apegan a su tierra: porque es «suya». Es suya en propiedad; casi todos son propietarios. Cada cual tiene lo suyo: cuatro olivos, dos cepas de vid, un huertecillo como un pañuelo moquero (y no es que usen de estos últimos). Y prefieren mal vivir, penar, arrastrar una miserable existencia en lo que es suyo, antes que bandearse más a sus anchas teniendo que depender de un amo y pagar una renta. Y luego es suya la tierra porque la han hecho ellos, es su tierra hija, una tierra de cultivo que han arrancado, entre sudores heroicos, a las garras de la madrastra naturaleza. Ellos la han hecho, cada uno la suya, apoyando un olivo, construyendo un bancal para una cepa, rehaciendo la cerca que destrozó la avenida de aguas o el jabalí.

No ha faltado filántropo hurdanófilo--todas estas palabras, cuyo primer componente es un nombre étnico y el segundo componente es «filo», ¿no os huelen un poco a sociología?--no ha faltado filántropo hurdanófilo--y son dos filos--que haya propuesto como remedio al que llamaremos problema de las Hurdes despoblarlas, sacar a sus habitantes y darles modo de vivir en otra parte. Pero si un padre tuviese una hija enferma, enferma de una enfermedad crónica que la sujeta y clava a su lecho de dolor, de donde no se puede moverla, y ese padre hubiese luchado un día y otro, y meses y años por arrancar a su hija de la muerte, y en esta lucha se hubiese extenuado, ¿le diríais que abandonase a su hija, que la dejara morir y salvase su vida? Pues la pobre tierra cultivada de las Hurdes es la hija de dolores, de afanes, de sudores, de angustias sin cuento, de esos heroicos españoles a quienes se llama salvajes. Ellos la han hecho.

Fueron allá, Dios sabe cómo, huyendo acaso de persecuciones de raza--¡quién sabe si hasta de religión!...--, fugitivos tal vez, o bien, vagueando, y allí, donde ni el amo ni el fisco les perseguían, empezaron a crearse una tierruca. Salen algunos, , pero en cuanto hacen unos puñados de pesetas vuelven a comprar. Hace unos años lo más de Las Mestas era de albercanos--casi todas las Hurdes pertenecieron antaño a la Alberca--, mas hoy han comprado ya los que la habitan sus propias tierras, y aún alguno empieza a comprar su terreno de la Alberca.

Del Ladrillar fuimos a hacer noche al Cabezo. Noche en una buena cama, por mi parte, pues mis compañeros durmieron al sereno, en el porche de la iglesia. Yo en una buena cama, en un cuarto amplio, decorado con cuadros hechos con portadas en colores de novelas por entregas, junto a estampas de la Virgen, San Antonio y el Corazón de Jesús. Allí, la portada de El Barquero de Cantillana, por D. Rafael Benítez Caballero, que editó D. Felipe González Rojas; allí, un retrato del marqués de la Habana; allí, el rey Amadeo, yendo, apenas llegó a Madrid, a ver el cadáver de Prim.

En el Cabezo nos ofrecieron si queríamos comprar un loro, y vino un pobre hombre a que le tradujese una carta en inglés, que había recibido de la Compañía del Canal de Panamá, en que trabajó. Sin duda el tío Ignacio le había dicho que yo las lenguas de todos los reinos. Y esto da tanto prestigio como el saber dibujar un poco.

Entre el Cabezo y Las Mestas, en un repliegue del camino, ciertos restos o despojos humanos con unos pedazos de periódicos al lado. ¡Y luego dirán que es un país salvaje! Y no es que me escandalice yo mucho de la porquería, no. Hasta he pensado escribir un ensayo sobre la voluptuosidad del pringue. Ensayo lo menos sociológico posible.

Dimos vista a los cipreses de Las Mestas. Pueblecillo encantador a la distancia, que ni pintado para un pintor. Aquel río limpísimo, aquel puentecillo, aquellos remansos a la sombra, entre piedras redondeadas de apariencia mórbida, aquellas cuestas por fondo y la corona del cielo. Y dentro ya del pueblecillo, aquella callejuela cubierta de la fronda de las vides. Y todo ello engastado entre frescas y verdes arboledas.

Desde Las Mestas, al famosísimo y ya leyendario valle de las Batuecas, donde estuvo el convento carmelitano en un tiempo. El camino de Las Mestas a Batuecas es de lo más frondoso que se puede encontrar. Después de la desolada aridez de las cuestas hurdanas, probremente vestidas de brezo, helecho y jara, viene aquel camino sombreado por prietas frondas.

Las Batuecas, como obra en gran parte de los frailes que poblaron su soledad, como obra de solitarios contemplativos, ofrece una riquísima variedad de especies arbóreas. Diríase un jardín botánico abandonado. Y en esto me recordaba el valle de Guadalupe--éste mucho más extenso--, obra de aquellos jerónimos de que nos ha dejado perenne recuerdo el padre Sigüenza. Alcornoques, encinas, robles, tejos, avellanos, cipreses, madroños, olivos... y luego frutales de varias clases. Y allá, por los riscos, la ruina de una ermita junto a un ciprés.

Pero no voy a descubriros las Batuecas. Sentíame embargado por esa extraña sensación de la reminiscencia, de ir despertando a la vista de la realidad presente mi viejo recuerdo de la visita que hice a las Batuecas hace diez y seis o diez y ocho años.

Las Batuecas tienen su valor proverbial en nuestra literatura. Y Legendre me dijo que madame de Genlis escribió una novela, Les Battuecas, donde una batueca, que vive arcádicamente y en estado de naturaleza rousseauniana en ese feliz valle del corazón de nuestra España, sale a correr mundo y a enterarse de su degeneración. Y Jorge Sand dice que esa novela, que siendo niña le leyeron, influyó en su vida toda.

De las Batuecas salimos a la Alberca. Y luego a nuestra querida Peña de Francia, a tomar aire, sol y paz en aquella cumbre de silencio y de sosiego.

Salamanca, agosto de 1914.

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