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La torre de Monterrey a la luz de la helada

Hiela, corre un cierzo que corta el respiro; pero desde el azul acerado vierte un sol desleído una luz clarísima que corta también las sombras y dibuja los relieves del campo como si fuesen de arquitectura.

Porque esa luz limpidísima, clara como el hielo, sin brumas, diríase que, no ya luminiza, sino civiliza a la naturaleza; hácela civil, que es hacerla más que humana. Que humanizar es ya mucho; pero civilizar es más. Civilizar, hacer civil--o si queréis, ciudadanizar--, es sobrehumanizar. Humanidad nos parece para el hombre todo; pero civilidad es para él más; es más que todo, porque es el porvenir que jamás acaba de cumplirse, es el ideal. Todo es lo que hay, y lo que hay de permanente; pero más que todo es lo que sobre lo que ha habido y hay habrá. Todo es el pasado que se condensa en el presente; más que todo es la eternidad, que abarca el pasado, el presente y el futuro. Todo es el universo, y más que todo es el pensamiento. Porque el pensamiento sobrepuja a todo lo pensado y a todo lo pensable, y rebasa de ellos.

También la ciudad es naturaleza; también sus calles, y sus plazas, y sus torres enhiestas de chapiteles son paisaje. Y sus líneas son como las líneas de estos campos. Algunos dicen que barrocas. No todas.

Los escarpes de esos arribes que del vasto tablazo de la Armuña bajan a las riberas del Tormes son como contrafuertes de una gigantesca seo, son arquitectónicos. Hay lugarejos que parecen esculpidos en la tierra del páramo, en la roca más bien. Y tal negrillo junto a la espadaña de una iglesiuca lugareña, que a mucho mirar acabaríase por dudar cuál es el árbol y cuál la torre. Y ahora que los árboles en esqueleto, en mondos huesos negruzcos, parecen columnas de templo arruinado al que se le hundió la bóveda.

Corriendo tierras ibéricas, de estas desnudas, de roca, ¿no se os ha ocurrido imaginaros a lontananza que aquel teso es una catedral barroca?

Y aquí, en cambio, en la ciudad, créese uno en vasta formación geológica. Los hombres, como madréporas, levantaron estos pardos corales o estos corales de oro que reverberan al sol desnudo del invierno.

Cada una de estas fábricas de piedra de estos edificios, diríase una inmensa frase arquitectónica, un aforismo de líneas. En una frase culmina y se condensa todo un sistema de ideas, de pensamientos. En el título del drama inmortal de Calderón, de la pareja del Quijote, en La vida es sueño, está «condensada--acabo de leer que dice justamente Farinelli (en su obra La vita è un Sogno)--la sustancia de todas las filosofías mundiales». Por una frase perduraba en la memoria de los suyos, de los de su casta, cada uno de los siete sabios de Grecia; pues estos siete sabios eternizáronse en el pensamiento de su pueblo como padres de siete sendas sentencias. Y una frase, una sentencia civil, civil más que humana, es un edificio de pensamiento, en que la economía de material y de esfuerzo bruto se llevó al colmo del triunfo. Las pirámides son inmensas frases de piedra que se alzan de las arenas del desierto; una inmensa frase, como un período demosteniano, o mejor como un período pericleano, tal y como Tucídides nos los ha legado para siempre, es el Partenón. Y estas torres son frases también, frases civiles, sentencias de civilidad hecha naturaleza.

Yo no sabré traduciros en palabras sonoras, y que aun siendo aladas queden--se queden volando y cerniéndose--, lo que esta armónica frase de piedra tallada que es la torre de Monterrey me dice, nos dice, a la luz cortante y fina de estas mañanas arrecidas de invierno, cuando la helada duerme en vano en las cresterías de su pingorota; pero que es una frase cuando se destaca sobre la azulez del cielo. Y si los hombres pasan y quedan, estas piedras quedarán diciéndole a la naturaleza que hubo humanidad, hubo civilidad, hubo pensamiento; quedarán hablándole de plan, y de orden, y de proporción al universo.

¿Y por qué no han de saber geometría, matemática, esos planetas que recorren el espacio según las leyes que ellos mismos le enseñaron a Kepler? ¿No es una gran ciudad, la ciudad de Dios, el Supremo Arquitecto y habitador de ella, esta máquina única del universo mundo?

Todo esto es un sueño, ¡conformes! Pero este sueño de piedra, a la luz cernida por la helada, nos dice que el sueño es lo que queda, lo duradero, lo permanente, lo sustancial, y que sobre él, sobre el sueño, como sobre el mar las olas, pasan rodando nuestros dolores y nuestros goces, nuestros odios y nuestros amores, nuestros recuerdos y nuestras esperanzas. Las olas son del mar; pero las olas pasan y el mar se queda; los dolores y los goces, los odios y los amores, los recuerdos y las esperanzas, son del sueño, del sueño de la vida; pero ellos, dolores, goces, odios, amores, recuerdos, esperanzas, pasan y el sueño se queda. Y se queda así, hecho piedra, piedra terrena, pero civilizada, piedra civil, o piedra espiritual, frase acuñada para siempre, monumento aere perennius, más duradero que el bronce.

Este sueño de piedra entra al alma y cae en ella, dentro de ella, más dentro de ella: en el alma del alma, en lo que está más dentro del alma misma, y arrastra a ésta, a nuestra alma, al cimiento de las almas todas, como las olas, pasajeras, al mar de las almas. ¿Es un mar? ¿Es líquido? ¿No es más bien un páramo, una llanada, un cimiento pétreo de toda laya de edificios para albergar el pensamiento humano civil? ¿Y no es cada una de nuestras almas un sillar que la vida talla--la talla a golpes, con dolor y goce, con odio y amor, con recuerdo y esperanza--para que forme en la gran seo humana, civil, en el templo y casa de nuestro Dios civil y humano?

Fué ayer, fué hace un momento; es decir, fué hace más de veinticinco años--el tercio de una vida bien cumplida--cuando te vi por vez primera, torre de Monterrey, y me llevas más allá, mucho más allá de esos veinticinco años, a cuando, sin haber nacido, te contemplaba--¿dónde?--, y con ello me llevas de aquí a dentro de veinticinco años, más allá, mucho más allá, a cuando, después de muerto y bien muerto, te siga contemplando, siga yaciendo y posando en el fondo del mar de las almas esta mi visión de ti que se me acuña en el alma en estas montañas de rayos de sol cernidos por la helada. El sueño queda. Es lo único que queda: la visión queda.

El espíritu, cuando sufre o goza, cuando odia o ama, cuando recuerda o espera, se hace tierra, se hace agua, se hace fuego o se hace aire; y la piedra, cuando piensa y piensa civilmente, se hace espíritu permanente, cuajado, cristalizado, sustantivado. Esta torre es un diamante de espíritu.

¿Y qué dice? No dice nada que no sea ella misma; se dice a misma, se proclama inmortal, se afirma. No importa que un terremoto o un bombardeo de guerra humana--que es otro terremoto--u otro accidente traído por el odio de la naturaleza o el de los hombres, abatiéndote a tierra te derrumbe, esparciendo sin orden ni concierto tus sillares, torre de Monterrey, porque tu visión quedará. Quedará hecha cimiento de las almas que te contemplen.

Y al alma que te contempla le dices, torre de Monterrey, que dice cuanto decir cabe quien se dice a mismo, quien acierta a expresar su persona, quien logra ponerse desnudo de espíritu a la luz de helada del mundo civil y se convierte así, para los otros, en estatua. Lo sumo que pueden ver los hombres es a otro hombre, y si una vez le vieran del todo se lo llevarían consigo para siempre.

Y esta torre y otras torres nos meten al ánimo el ansia tormentosa de decir lo indecible, de dejar en la alada palabra que vuela sonora, y pasa, y se pierde, lo que no pasa ni se pierde: la visión que queda. Decir lo que se ve y decirlo de modo que se vea oyéndolo; ver lo que se oye: he aquí todo el secreto del arte. El arte hace ver a los ciegos--y lo son muchos que espejan con los ojos en la mente lo que tienen delante--, y les hace ver con la palabra; el arte hace oir a los sordos--y lo son muchos que resuenan con los oídos lo que les suena en su derredor--, y les hace oir con la visión reproducida. Un poema da vista al ciego; un cuadro da oído al sordo. El arte funde los sentidos, descendiendo a lo que les une a su común cimiento, y ascendiendo a lo que los une también coronándolos.

Mi torre de Monterrey, no ésta que tengo ante los ojos al salir de casa en estas mañanas arrecidas y de sol acendrado, cuando voy a leer con ellos, con mis alumnos--¡lástima de hermosa palabra, degradada por el abuso oficial!--, al divino Platón; mi torre, la que llevo en el cristal de la mente como una visión que, espejada en un lago, al cristalizarse éste, quedase por encantada magia en él para siempre, ésta mi torre me dice que quien se dice queda para siempre también. No te importe, alma mía, lo que digas si te dices. ¿Es que eres más que una frase del pensamiento de Dios?

El pensamiento de Dios es la historia: la historia humana, la historia civil, la historia de esta humanidad civil en que Dios se hizo hombre, y habitó entre los hombres, y proclamó que su reino, el reino de Dios, esto es, el reino del hombre, el reino del Dios-hombre, no es de este mundo de dolores y goces, de odios y de amores, de recuerdos y de esperanzas. Porque el reino de Dios, el reino del hombre, es del pensamiento, que está sobre dolor y goce, sobre odio y amor, sobre recuerdo y esperanza, aunque con ellos se haga, como con piedras se hacen las torres que en la historia quedan. El pensamiento de Dios es la historia; la historia es lo que Dios piensa, lo que va pensando. Y el que vive, de un modo o de otro, más o menos visible y audible, por dentro de ella que sea, en la historia, vive en el pensamiento de Dios y en él se queda, y se queda con el pensamiento en Dios. Y vive en la historia todo el que, queriéndolo o sin quererlo, a sabiendas o no, contribuye a hacerla; todo el que tiene, por oscura y vacilante que sea, conciencia civil. La muerte absoluta es la inconsciencia.

Y ésta mi torre de Monterrey me habla de nuestro Renacimiento, del renacimiento español, de la españolidad eterna, hecha piedra de visión, y me dice que me diga español y que afirme que si la vida es sueño, el sueño es lo único que queda, y lo otro, lo que no es sueño, no es más que digestión que pasa, como pasan el dolor y el goce, el odio y el amor, el recuerdo y la esperanza. ; la vela sin sueño no es más que digestión y respiración, aliento que se va. Soplo, aliento, pneuma, anima, spiritus, llamaron a lo que sobre nuestro cuerpo no es sueño; y el soplo pasa, pero el sueño queda.

«¡La vida es sueño!», afirmó el hombre español que creía en lo eterno y lo sustancial, y los que no creen en ello dicen en la necedad de su corazón diciendo: «¡la vida es un soplo!». Y la torre de Monterrey, mi torre de Monterrey, mi torre del renacimiento español, de la españolidad renaciente, me dice que la vida no es soplo que pasa y se pierde, sino sueño que queda y se gana.

Cuando al salir por las mañanas la torre me dice: «¡aquí estoy!», yo, mirándola, le digo: «¡aquí estoy!».

Salamanca, 28-XI-1916.

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