Aprende español

Junto a la vieja Colegiata

A vuelo un murciélago rondaba la cúpula de aquel templo románico, donde ya no brotaban plegarias ni cirios ardían. Solitario en oscuro rincón Cristo lívido sin las almas hallábase que postradas antaño a sus plantas perdón le pedían; y del cielo cerrado del templo--las bóvedas--parecían gotear por las tardes leyendas remotas, hijas de la negra congoja apocalíptica de los siglos más bárbaros, cuando el alma temblaba en el cuerpo, con las alas rotas, en la cárcel de carne, con tortura mística a la muerte esperándole, para verse así libre del mundo de odiosas historias; y en la paz de sepulcro del recinto tétrico--de una fe muerta túmulo--un silencio de piedra envolvía las viejas memorias.

Por defuera del templo, bajo el sol vivífico, redondéase el ábside, y cubriéndole manto de yedra los nidos ampara donde ponen cada año golondrinas ágiles su cría y marchándose, se la llevan a alguna mezquita rayana al Sahara. En la ruina de torre cigüeña hierática, con los ojos sonámbulos, sesteando de pino al cojuelo el campo avizora y al caer de la tarde, con su vuelo eurítmico, de a charca a las márgenes el botín va a buscar que en el nido su cría devora.

Y el Cristo solitario, preso en aquel lúgubre interior aburriéndose, oye de fuera el alegre pío de las golondrinas y el castañeteo, como un rezo litúrgico, con que cuentan del éxodo las cigüeñas los días que faltan ¡aves peregrinas!

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