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En El Escorial

Llegamos a El Escorial el día de Viernes Santo por la tarde y a punto aún de ver, puesto el día, la entrada de la procesión en la soberbia iglesia del Real Monasterio. Iglesia en que he entrado por vez primera al recordarse en ella la muerte de Cristo.

Porque aunque a alguien pueda parecerle mentira habiendo pasado tantas y tan largas temporadas en Madrid, jamás me había llegado antes a esa llamada octava maravilla, a ese monasterio que no debería haber español alguno españolizante--esto es, dotado de conciencia histórica de su españolidad--que no visitase alguna vez en su vida, como los piadosos musulmanes la Meca, y ello, aparte de sus ideas, ya sea para bendecirlo, ya para execrarlo.

Pues lo cierto es que apenas hay quien se llegue a visitar El Escorial con ánimo desprevenido y sereno, a recibir la impresión de una obra de arte, a gozar con el goce más refinado y más raro, cual es el de la contemplación del desnudo arquitectónico. Casi todos los que a ver El Escorial se llegan, van con antojeras, con prejuicios políticos o religiosos, ya en un sentido, ya en el contrario; van, más que como peregrinos del arte, como progresistas o como tradicionalistas, como católicos o como librepensadores. Van a buscar la sombra de Felipe II, mal conocido también y peor comprendido, y si no la encuentran, se la fingen.

En el tomo de las guías Baedeker dedicado a España y Portugal--y sabido es hasta qué punto estos tomos representan la ortodoxia del turismo--o como si dijésemos su escritor alemán Justi--tan conocido por su obra sobre Velázquez--hay un pasaje en que al hablar de El Escorial nos dice que es un ejemplo de lo que puede la voluntad y de lo que no puede. «La voluntad es todopoderosa, se dice--añade--; lo es en ciertos terrenos de la realidad, pero es incapaz de crear una sola obra de genio. Y es esta chispa divina lo que faltó a la empresa de Felipe II. Tuvo la desgracia de pertenecer a una época que no brillaba ni por la fuerza creadora ni por el gusto. No era, sobre todo, a propósito para crear un monumento del más elevado arte religioso. Se le impuso, pues, al conjunto, un dibujo geométrico riguroso y a la ejecución un estilo, del que exaltaron sus contemporáneos la noble sencillez y sus admiradores la majestad, pero al cual no se le reconoce hoy sino una aridez repulsiva. El procedimiento seguido por el regio director que lo prescribía todo, hasta el último detalle, su disposición sombría a quitar de los proyectos las formas que le parecían demasiado ricas o demasiado presuntuosas; todo esto y muchas otras circunstancias debieron paralizar el entusiasmo creador... Sin libertad, no hay ni belleza ni verdad.

«El espíritu de severa etiqueta que Felipe impuso a la corte de España y que tan deplorablemente obró sobre las fuerzas mentales de sus sucesores, revélase en su obra que parece mirarnos con un poder de fascinación casi petrificante. El único encanto de El Escorial es formar como una parte integrante del paisaje de que está rodeado, lo cual no había sido previsto por sus constructores».

Este tan típico pasaje de Justi, en que se calumnia al Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, no menos que a su fundador, al prudente rey Don Felipe II, se le ha calumniado, es un modelo de juicio que quiere ser estético y no es sino político.

He dicho ya que nada hay tan difícil como gustar el encanto del desnudo arquitectónico. El desnudo escultórico y el pictórico, como suelen ser desnudo humano, están mucho más al alcance que el desnudo arquitectónico, y más si éste es de un templo. A por mi parte me ocurre que cuando veo en un edificio un adorno cuya función arquitectónica no comprendo, se me antoja que está allí para tapar una grieta o un defecto de construcción. Y al llegar a El Escorial, desde esta plateresca y en gran medida churrigueresca Salamanca, la mayor parte de cuyos edificios no pecan, ciertamente, por su sencillez y severidad, sino que están recargados de follaje, mi vista descansaba en las líneas puras y severísimas del monasterio de El Escorial, en aquella imponente masa todo proporción y todo grandeza sin afanosidad.

Cree Justi que la época de Felipe II no fué una época de gusto, mas habría que preguntarle de qué gusto. Ciertamente que no del suyo. Pero esto del gusto es de lo más superfluo y variable que hay. Añade que no fué una época a propósito para crear un monumento del más elevado arte religioso, mas aquí habría que conocer no tanto el sentimiento estético cuanto el sentimiento religioso de Justi y de los que como él o detrás de él piensan. Lo de la aridez repulsiva merece un párrafo aparte.

Eso de hablar de la aridez repulsiva de El Escorial, como hablar de lo sombrío de su carácter, carece, en rigor, de valor estético, pues falta probar que lo árido y lo sombrío no puedan ser hermosísimos. Áridas son las pirámides de Egipto, árido es el desierto, mas yo no que pueda negarse inmensa hermosura a las unas y al otro. El desierto es, a su modo, tan hermoso como un bosque.

Es como cuando se habla del campo de Castilla, de los solemnes páramos de la Mancha y se dice que son áridos y tristes, queriendo decir con eso que son feos. Y debo confesar que a me produce una más honda y más fuerte impresión estética la contemplación del páramo, sobre todo a la hora de la puesta del sol, cuando lo enciende el ocaso, que uno de esos vallecitos verdes que parecen de Nacimiento de cartón. Pero en el paisaje ocurre lo que en la arquitectura: el desnudo es lo último de que se llega a gozar. Hay quien prefiere una colinita verde, llena de arbolitos de jardín, a la imponente masa de uno de los grandes gigantes rocosos de la tierra.

Saca en seguida a relucir Justi lo del carácter sombrío de Felipe II--este ya tradicional lugar común--y lo de que proscribiera lo demasiado rico y presuntuoso. Y luego viene lo consabido: lo de la libertad, la severa etiqueta de la corte de España, etc. Todo lo cual delata que en vez de un juicio estético se trata de un juicio político. Y no se olvide que Justi pertenece a la nación de Lutero, a aquellas tierras en que se llegó a llamar a Felipe II el Demonio del Mediodía.

Tomad, en cambio, la estupenda Historia de la Orden de San Jerónimo, del P. F. José de Sigüenza, que la escribió en El Escorial y mientras éste se construía, y que asistió a los últimos momentos de Felipe II. Los libros tercero y cuarto de la tercera parte de esta obra están dedicados a describir El Escorial. Y a fe que apenas se encontrará en castellano estilo que mejor convenga al del monasterio que el estilo literario de la obra del P. Sigüenza, obra que es una especie de Escorial de nuestra literatura clásica--modelo de sencillez, de sobriedad, de majestad y de limpieza. También la obra del P. Sigüenza puede a primera vista producir un cierto efecto de monotonía y desnudez, ya que en ella se suceden los relatos de las vidas de aquellos recogidos varones jerónimos, no de otro modo que en el monasterio se suceden las ventanas de sus celdas, todas unas a otras iguales. Pero ¡qué descanso en la lectura de esas vidas! Soy de los que han leído las 1.240 páginas en folio y de apretada letra de los dos tomos de esa historia en su edición de la Nueva biblioteca de autores españoles, que bajo la dirección de D. Marcelino Menéndez y Pelayo publica la casa Bailly Baillière, y es continuación del Rivadeneyra, y aseguro que esa prolija lectura fué para mi espíritu un descanso tan grande como el de contemplar la masa del monasterio desde un prado de la Herrería en que tendí mi cuerpo. ¡Raro placer en tiempos de agitación febril! Porque ni la obra del P. Sigüenza es para hojeada de prisa o leída de viaje, acaso en un tren, ni El Escorial para contemplado de ligero y de paso. El desnudo necesita siempre tiempo, mientras que la hojarasca impresiona desde luego, aunque luego esa impresión vaya amortiguándose.

Hay que leer en el P. Sigüenza el breve relato de la batalla de San Quintín, ganada a Felipe II por el duque de Saboya contra el duque de Guisa y los franceses el día de San Lorenzo de 1554, y que fué el motivo de fundarse para la Orden de San Jerónimo el real monasterio de El Escorial. «El hazimiento de gracias de Filipo por todos estos favores--dice el historiador jerónimo--no fué para que se rematase en un día ni siete, ni parasse en solo el hombre; propuso con mucha resolución edificar un illustrísimo templo al martyr español, que fuesse tan famoso en todo el mundo como su glorioso nombre, donde de día y de noche se celebrasse su memoria y se hiziessen y diessen a Dios para siempre bendición y gracias». Y sigue la descripción del monasterio, la única que haya digna de él, y acaba con su comparación con otros edificios famosos, principalmente con el templo de Salomón, que ni el P. Sigüenza ni ninguno de su tiempo ni de muchos siglos antes vió.

¡Y qué bien entendía el buen jerónimo, el del estilo severo y desnudo, la severidad y desnudez del edificio en que trabajaba! Era el estilo de la verdad, porque «la verdad--nos dice en otra parte--ama mucho la claridad y la desnudez, y la que no es assi, no es verdad». Y él, el buen monje, gustaba de la casta desnudez, pues al hablarnos de un cuadro del Ticiano que representaba a Santa Margarita, nos dice que era «valiente figura, aunque algo corrompida una singular parte della, por el zelo indiscreto de la honestidad; echáronle una ropa falsa en un desnudo de una pierna, que fué grosera consideración». Y cosa grosera debía de parecerle echar falsos adornos sobre el desnudo de los edificios, ya que «no consiste la architectura en que sea deste orden o aquél--nos dice en otro lugar--sino que sea un cuerpo bien proporcionado, que sus partes se ayuden y respondan, aunque no sea sino unas piedras cortadas de la cantera, assentadas con arte, una encima o enfrente de otra, que vengan a hacer un todo de buenas medidas y partes que se respondan».

Alguien se ha atrevido a llamar el Escorial portugués a aquel monasterio, también de jerónimos, de Belén, cercano a Lisboa, prototipo del más hojarascoso estilo manuelino. Fué el mismo rey D. Manuel el que ha dado nombre al estilo, el que a fines del siglo XV fundó esa casa con las riquezas que del extremo oriente afluían a Portugal. Y no cabe, en verdad, oposición mayor al arte escorialense. ¡Eso que no es árido! Pero es hojarascoso y no de más fruto estético. Pues en arte como en naturaleza no da más fruto de permanente belleza lo que más hoja cría.

Hablando del cual monasterio de Belén el P. Sigüenza en otra parte de su obra nos dice así: «Y como la arquitectura moderna está siempre adornada de follajes y de figuras y molduras y mil visajes impertinentes, y la materia era tan fuerte, labrávase mal y costaría infinito tiempo y dinero: lo que agora está hecho muestra bien lo que digo. Tiene esta fachada del medio día mucho desto ansí en la iglesia como en el antecoro y dormitorio, que es todo mármol, y lleno de florones, morteretes, resaltos, canes, pirámides y otros mil moharrachos que no cómo se llaman ni el que los hazía tampoco». Y él, el buen jerónimo, acostumbrado a cantar dentro de aquel templo del Escorial, todo robustez maciza, al hablar del templo de los Jerónimos de Belén nos dice que «es de una sola nave... y el cruzero es admirable de mucha grandeza, sustentado sobre unos pilares muy flacos y delgados puestos por gentileza más que por necesidad: cosa que a cualquier hombre de buen juyzio en esto ha de ofender en viéndolo». Y añade el siguiente razonamiento de una gran profundidad en estética arquitectónica diciendo así: «Fióse el arquitecto en la fortaleza de las paredes que avían de ser poderosas a sufrir y sustentar el peso y la fuerça de la bóbeda. Y quiso espantar a los que entrassen viendo como en el ayre una máquina tan grande: locura e indiscreción en buena arquitectura, porque el edificio es para asegurarme, y no que viva en él con miedo de si se me viene encima». ¡Y que a seguro y sin miedo de que se le viniese el templo encima, cantaría en el coro de aquel formidable templo de su Escorial, que siendo tan grande parece se nos achica y ciñe por gracia de sus proporciones!

Es como aquellas «pieças de mucho desenfado de que el mismo P. Sigüenza nos habla--alegres, claras y de grandeza que aunque algunos se les ensangosta, a otros se les ensancha el alma viéndose en ellas». Y el alma se ensancha al entrar en aquella iglesia, de columnas como torres, donde nos sentimos a seguro, y donde está la grandeza tan templada y como humanizada por la proporción, que sin perderla parece la fábrica ensangostarse para ceñirse a nuestra seguridad y abrigo.

Grandeza proporcionada y desnudez, y nada de florones, morteretes, resaltos, canes, pirámides y otros mil moharrachos, cuyos nombres ni los que los hacen saben, pues no son cosas definidas y con función propia, tal es el carácter de ese edificio que repugna por su aridez a los que no se detienen lo bastante a dejarse empapar de su austero encanto.

Entra por mucho en juicios como el de Justi, lo repito, la preocupación política o religiosa. Porque no son muchos los que piensen como pensaren y aun siendo muy progresistas y muy literatos, saben ver todo lo que de intensa pasión, puesta al servicio de su causa, había en aquel Don Quijote de covachuela que fué Felipe II. Este hombre singular, preocupado de la salvación de las almas de sus súbditos, fué, como dice muy bien Martin A. S. Hume en su excelente historia de España (The Spanish people, their origin, growth, and influence) en su sombrío orgullo, su mística devoción, su poderosa individualidad, la personificación del espíritu de su pueblo», fué «el primer rey verdaderamente español de toda España», identificóse con la obsesión nacional que era «una creencia en la misión especial de los españoles para extirpar la herejía». Llegaron a constituir nuestros abuelos--añade Hume--«una nación de místicos, en que cada persona sentía su propia comunión con Dios y era capaz, en consecuencia, de cualquier sacrificio, de cualquier heroísmo, de cualquier sufrimiento por esta causa». Y ese espíritu severo, desnudo y fuerte habla en las piedras de El Escorial a quien quiere oirlo, piense éste como pensare.

Leed en el mismo P. Sigüenza el relato de la última enfermedad y muerte de aquel Don Quijote de despacho u oficina, cuya arma fué la pluma de mandar. Oídle cuando al recibir el sacramento quédase luego con su hijo a solas y le dice: «He querido que os halléis presente a este acto, para que veáis en qué pára todo. Como en todo fué tan rey y de tan alto ánimo este príncipe parece que aun quiso reynar y enseñorearse sobre la muerte», nos dice el jerónimo. Murió con el crucifijo mismo que su padre el emperador entre las manos. Mandó al arzobispo le leyese la pasión de San Juan. Cerca de la una de la noche fué a hablarle su confesor, y él dijo a los jerónimos que le rodeaban: «Padres, decidme más que quanto más se allegava a la fuente tanto crecía más la sed». Cuando D. Fernando de Toledo fué a darle una de las velas de nuestra señora de Monserrat, el rey le dijo: «Guardadla, que aun no es tiempo», y a las tres de la mañana, al presentársela de nuevo «le miró riéndosele y tomándosela de la mano dixo: Dadla acá, que ya es hora».

«Las últimas palabras que pronunció y con que partió deste mundo, fué dezir como pudo, que moría como católico en la Fe y obediencia de la santa iglesia romana; y besando mil vezes su crucifixo (teníale en la una mano y en la otra la candela y delante la reliquia de San Albano por la indulgencia), se fué acabando poco a poco, de suerte que con un pequeño movimiento, dando dos o tres boqueadas, salió aquella santa alma y se fué, según lo dizen tantas pruevas, a gozar del reyno soberano. Durmió en el Señor el gran Felipe segundo, hijo del emperador Carlos quinto, en la misma casa y templo de San Lorenzo, que avía edificado y casi encima de su misma sepultura, a las cinco de la mañana, quando el alva rompía por el Oriente trayendo el sol la luz del domingo, día de luz y del Señor de la luz; y estando cantando la missa del alva los niños del seminario, la postrera que se dixo por su vida y la primera de su muerte, a treze de setiembre, en las octavas de la Natividad de nuestra señora Vigilia de la Exaltación de la Cruz, el año MDXCVIII, en el mismo día que catorce años antes avía puesto la postrera piedra de todo el quadro y fábrica de esta casa». Allí fué escrita en el real monasterio de San Lorenzo del Escorial la muerte de su fundador, por el padre fray José de Sigüenza, de la Orden de San Jerónimo, hoy extinguida, que fué de esa muerte testigo.

Salamanca, mayo de 1912.

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