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El silencio de la cima

Unos días en la cumbre silenciosa, en el santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia, teniendo a un lado, al norte, la llanada de Salamanca, como un mar de cálidos matices sembrado de islas de verdura, los manchones de los encinares, y de otro lado, al sur, las abruptas sierras de las Hurdes, y detrás la sabana de Extremadura. Y al pie los pueblecillos de la sierra de Francia, agazapados entre castañares, enviando al cielo limpio el humo de sus hogares, viviendo su vida recogida. Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los enhiestos y duros peñascos, un silencio divino, un silencio recreador. Silencio sobre todo.

He vivido unos días de silencio, de augusto silencio. Ni chirriar de cigarras, ni gorjear de pájaros, ni balar de ovejas, y, sobre todo, nada del rumor enloqueciente de las atareadas o alborotadas muchedumbres humanas. A ratos el canto dulce del armonio que en el coro del santuario tocaba algún dominico de los que allí arriba, en aquel verdadero sanatorio, se reponen del rudo invierno de Salamanca.

Subí y permanecí allí con dos amigos franceses enamorados de esta nuestra inalterable y casi desconocida España: ésta, la de los rincones adonde aún no llegan ni el tren ni el automóvil; ésta, que conserva en el alma toda la recia primitividad del granito sobre que descansa y sueña. ¡Qué sabrosas conversaciones con ellos, allí arriba, en el seno del silencio, tendidos sobre la cumbre! ¿Creéis acaso que dos hombres puedan de veras entenderse, no digo ya comprenderse, cuando se hablan entre el rumor, que de todas partes les llega, de la muchedumbre, entre el zumbido del enjambre humano atareado o alborotado? ¿Creéis que pueden acaso llegar a comunión dos almas cuando las rodea el eco del mar humano? En la ciudad cabe hablar de negocios, de política candente, de sociología, de modas; pero ¿de las cosas eternas? (Ahora, en este momento, mientras escribo esto, me llega al oído el grito de un vendedor ambulante que pregona su mercancía, y no es posible que este grito no se cuele, de un modo o de otro, en lo que voy escribiendo).

¡Vivir unos días en el silencio y del silencio, nosotros, los que de ordinario vivimos en el barullo y del barullo! Parecía que oíamos todo lo que la tierra calla, mientras nosotros, sus hijos, damos voces para aturdirnos con ellas y no oir la voz del silencio divino. Porque los hombres gritan para no oirse, para no oirse cada uno a mismo, para no oirse los unos a los otros.

Y el silencio casaba con la majestad de la montaña, una montaña desnuda, un levantamiento de las desnudas entrañas de la tierra, despojadas de su verdor, que dejaron al pie como se deja un vestido, para alzarse hacia el sol desnudo. La verdura al pie, en el llano, como la vestidura de que se despoja un mártir para mejor gozar de su martirio. Y el sol desnudo y silencioso besando con sus rayos a la roca desnuda y silenciosa.

Allí, a solas con la montaña, volvía mi vista espiritual de las cumbres de aquélla a las cumbres de mi alma y de las llanuras que a nuestros pies se tendían a las llanuras de mi espíritu. Y era forzosamente un examen de conciencia. El sol de la cumbre nos ilumina los más escondidos repliegues del corazón. Había subido, además, con una recogida angustia, con una punzante preocupación de origen familiar; sobre mis esperanzas de padre se cernía una nubecilla que mi aprensión convirtiera en nubarrón.

¿Por qué no había yo de callar una temporada, una larga temporada? ¿Por qué no había de interrumpir mi comunicación con el público hasta que un largo, un muy largo silencio me retemplara la fibra y me hiciera acaso descubrir simpatías que hoy se me escapan? ¿Por qué este hablar--o escribir, que es lo mismo--continuo y precipitado, al correr de la pluma, sin filtrar mis palabras, dejando que salgan todas, así las más limpias como las más turbias? ¿Por qué este pensar escribiendo, y, lo que es peor, este pensar para escribir?

Y no es, no, Dios me libre, no es temor a los puntos flacos que puede uno así mostrar a los despechados o doloridos, a los que buscan por dónde zaherir a quien alguna vez les hirió con sus juicios. He aprendido a llevar como trofeos, más aún que las simpatías que en algunos haya podido despertar, las antipatías que en otros he provocado. Encuentro justo que haya quienes finjan desdén hacia quien tanto ha desdeñado y desdeña. No olvido--y tampoco pido perdón por la arrogancia--lo que el iracundo florentino Filippo Argenti dijo al Dante cuando le encontró en el infierno, y fué que ciñéndole con los brazos le besó en la cara y le dijo:

«Alma sdegnosa, benedetta colei che in te s'incinse»: alma desdeñosa, bendita la que de ti quedó encinta. Y acaso un día, cuando visite yo a mi vez el infierno, me encuentre allí con más de un Filippo Argenti que me bendiga por el desdén.

Recogerse una temporada, , y callar, callar, envolviéndose como en mortaja de resurrección en el silencio, pero no por mezquinos móviles de defensa y de ataque, no, sino a busca de alguno de nuestros otros yos, de alguno de aquéllos que he ido dejando en las encrucijadas del camino de la vida. Pues a cada cruce de caminos que en la vida se nos presenta, cuando tenemos que escoger entre una u otra resolución que ha de afectar a nuestro porvenir todo, renunciamos a uno para ser otro. Llevamos cada uno varios hombres posibles, una multiplicidad de destinos, y según realizamos algo perdemos posibilidades. Y luego suspiramos exclamando: «¡Oh, si entonces hubiera hecho otra cosa!».

Allí, en la cima, envuelto en el silencio, soñaba en todos los que habiendo podido ser, no he sido para poder ser el que soy; soñaba en todas las posibilidades que he dejado perder desde aquella infantil atracción al claustro y luego, antes de llegar a los veinte, aquella propuesta de ser llevado lejos, muy lejos de la patria, allende el mar, a trabajar en luengas tierras. Empieza el silencio rodeándole a uno de remordimientos que de él brotan, pero acaba corroborándole en el inevitable destino. Y da fuerzas, da fuerzas como una sumersión en la fuente de la vida.

Está aquello como estaba hace un siglo, hace dos, hace cuatro, hace veinte. Es la imagen viva de lo inalterable. A lo sumo se ve un momento allá, a lo lejos, sobre el vasto piélago de tierra, el penacho de humo de la locomotora, y se piensa un instante, quieto sobre la cima, en los que van y vienen por los valles de agitación y de ruido. ¿Y todo ello para qué?

Porque la radical vanidad de los paraqués humanos en ningún sitio se siente con más íntima fuerza que en estas cimas del silencio. Es como contemplar los vuelos de una mosca dentro de una botella.

En el interior del convento y en el del santuario de la Peña de Francia están los muros, ya cerca del techo, y los techos llenos de manchas negras, unas más espesas, otras más claras. Son apelmazadas muchedumbres de mosquitos--no cínifes, sino pequeñitas moscas--por cientos, por miles, y en conjunto por millones, que se están allí, quietos, inmóviles, sin buscar alimento, haciendo... ¿qué? Se diría que, desengañados de la vanidad del mundo, se reúnen a dormir su vida en vez de suicidarse. Y aunque no se les ve alimentarse ni cabe tomen alimento de los pelados muros, crían sangre, según los novicios nos dijeron. ¿Qué hacen, pues, allí? ¿Cuál es la utilidad de esos pequeños insectos ociosos? He aquí algo en que no nos habríamos fijado en el valle, entre el barullo, y sobre que disertamos allí arriba, en la cima, entre el silencio.

Y luego, tendidos en la cumbre, bajo el sol, que en tales alturas acaricia sin herir, a contemplar los pueblecillos, a hacer geografía. Este de aquí, de la derecha, este testudo de rojos tejados, como la testudo que uniendo sus escudos sobre sus cabezas formaban los legionarios romanos; esa masa roja, coronada por la torre de la iglesia, y que humea entre el verdor de los castaños, es La Alberca. Ahí abajo, entre el cascajo de las laderas, corre el río Francia. Más allá, aquellas ruinas de un antiguo castillo y aquella torre que parecen apacentar otro grupo de rojos tejados es San Martín del Castañar. Más a la derecha, sobre aquella loma verde, se hunde entre el verdor Sequeros. Más lejos, a la derecha, sobre otra loma, pero más escueto y descampado, se levanta Miranda. Y allá, en el fondo, al pie del macizo contrafuerte de la vasta montaña, con velas de nieve en su cima, que nos cierra el horizonte, blanquea a ratos la ciudad de Béjar, mi vieja conocida. Y aun se alcanza a ver, asomando sobre esta montaña, los picos de Gredos, en donde no ha muchos días soñé en la España inmortal. Y más acá, al pie mismo de nosotros, como bajo la protección de la Peña, la Nava, Cereceda, el Cabaco, otros pueblecillos. Y aquí mismo, casi a nuestra mano, este pequeñito poblado del Casarito, cuatro o cinco casas escondidas entre robles y castaños que dan la sensación de una paz perpetua.

Es un acontecimiento cuanto rompe la solemne monotonía de la quietud y del silencio. Uno que sube por el pedregoso y empinado sendero. Y es el cabrero que viene a traer leche, o uno que viene en busca de la nieve aquí durante el invierno almacenada para que refresquen sus bebidas los hijos del llano, o es el que trae el correo; acaso uno que viene de promesa o en busca de unos días de paz y de salud. Si acaso se tocó a misa en el santuario, se aguarda al que sube. Y el que sube trae ecos del mundo; trae acaso noticias de los afanes y los fracasos, de las venturas y desventuras de los de abajo. Y se le aguarda viéndole subir.

Otras veces es otra aparición, pero aérea y silenciosa. La de algún buitre o algún águila que con sus vastas alas extendidas parece bogar, sin esfuerzo alguno, por los azules espacios. ¡Qué diferencia de este solemne vuelo a los turbulentos afanes de nuestros aviadores humanos! Mis amigos, los franceses, recitaban aquella imponente poesía de Leconte de Lisle al cóndor, y yo me acordaba de mi Obermann, de mi íntimo Obermann, de este libro formidable, casi único en la literatura francesa, que fué el alimento de las profundas nostalgias de mi juventud y aun de mi edad madura; de este Obermann, de aquel desdichado y oscuro Senancour, de que he hecho casi un breviario. En este libro sin par se nos revela toda la tragedia de la montaña. Y recorría con la memoria sus pasajes más trágicos, aquel en que en la paz de la noche y en la cima interrogaba a su destino incierto, a su corazón agitado, y a esta naturaleza inconcebible que, conteniéndolo todo, parece no contener, sin embargo, lo que nuestros deseos buscan. «¿Qué soy, pues?»--se preguntaba Obermann, y se decía:--«¡qué triste mezcla de afecto universal y de indiferencia hacia todos los objetos de la vida positiva!». Contemplando al buitre recordé cuando Obermann vió aparecer un punto negro en los abismos, a sus pies, que se elevó rápidamente, «vino derecho a --nos dice--; era la poderosa águila de los Alpes; sus alas estaban húmedas y feroces sus ojos; buscaba una presa, pero a la vista de un hombre echó a huir con un grito siniestro, desapareció precisamente en las nubes. Repitióse veinte veces el grito, pero en sonidos secos, sin prolongamiento alguno, semejantes a otros tantos gritos aislados en el silencio universal. Después volvió a entrar todo en una calma absoluta, como si hubiese dejado de existir el sonido mismo y se hubiera borrado del universo la propiedad de los cuerpos sonoros». Y agrega en seguida Obermann aquellas palabras insustituíbles, donde dice: «Jamás ha sido conocido el silencio en los valles tumultuosos; no es sino en las cimas frías donde reina esta inmovilidad, esta solemne permanencia que no expresará lengua alguna, que la imaginación no ha de alcanzar. Sin los recuerdos traídos de las llanuras no podría creer el hombre que hubiese fuera de él movimiento alguno en la naturaleza; seríale inexplicable el curso de los astros, y todo, hasta las variaciones de los vapores, pareceríale subsistir en el cambio mismo. Pareciéndole continuo cada momento presente, tendría la seguridad, sin tener el sentimiento, de la sucesión de las cosas, y las perpetuas mudanzas del universo serían para su pensamiento un misterio impenetrable». Lo he sentido, lo he sentido así en la cima de la Peña de Francia, en el reino del silencio; he sentido la inmovilidad en medio de las mudanzas, la eternidad debajo del tiempo, he tocado el fondo del mar de la vida.

¿Pero lo veis? ¿cómo hasta en la cima, en el sacro imperio del silencio santo, no he olvidado los libros que me persiguen adonde quiera que vaya? Porque el Obermann no es sino un libro, aunque a mi sentir uno de los más grandes que se hayan jamás escrito. Aunque no, no, no, el Obermann no es un libro; es un alma, un alma vasta y eterna como la de la montaña. El Obermann se puede leer en la cima del silencio, donde no hay tratado alguno de sociología que resista la lectura.

Se lleva a las alturas el corazón y la cabeza hechos en los valles y llanos, y allí arriba, en la cumbre, hablamos de nuestras preocupaciones, de literatura, de filosofía, de poesía, de religión, del inmortal anhelo de inmortalidad sobre todo, pero no de sociología.

Hablamos también de esa América y de la suerte singular que en ella corre la literatura francesa, siendo admirados ciertos escritores que apenas cuentan en su propia patria y pasando inadvertidos no pocos de más hondo valer. Y aquí, en España, ocurre con la literatura francesa algo parecido.

Pero no es de esto de lo que debo ahora tratar. Se despega de la cima.

Salamanca, agosto de 1911.

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