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Atardecer de estío en Salamanca

Del color de la espiga triguera ya madura son las piedras que tu alma revisten, Salamanca, y en las tardes doradas de junio semejan tus torres del sol a la puesta gigantescas columnas de mieses orgullo del campo que ciñe tu solio. Desde lo alto derrama su sangre, lluvia de oro, sobre ti el regio sol de Castilla, pelícano ardiente, y en tus piedras anidan palomas que arrullan en ellas eternos amores al acorde de bronces sagrados que lanzan al aire seculares quejas de los siglos. Los vencejos tu cielo repasan poblando su calma con hosanas de vida ligera, jubilosa, las tardes de estío, y este cielo, tu prez y tu dicha, Salamanca, es el cielo que esmalta tus piedras con oro de siglos. Como poso del cielo en la tierra resplende tu pompa, Salamanca, del cielo platónico que en la tarde del Renacimiento cabe el Tormes Fray Luis meditando soñara. Sobre ti se detienen las horas, de reveza, soltando su jugo, su savia de eterno, y en tus aguas se miran los siglos dejando a la historia colmar tu regazo con frutos de otoño. Cuando puesto ya el Sol, de tu seno rebotan tus piedras el toque de queda me parecen los siglos mejerse, que el tiempo se anega, y vivir una vida celeste --¡quietud y visiones!-- ¡Salamanca!

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