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Al Nervión

A la mejor memoria de Leopoldo Gutiérrez, a quien leí este poema, a raíz de compuesto, delante de la iglesia de Begoña.

Una vez más, Bilbao, sobre tu seno maternal descansando mi cabeza vuelvo a soñar la vida de esperanzas y ensueños juveniles que me conservas. Esas nubes que embozan las montañas, seto de mi primer visión del mundo, las nubes son en que atisbé visiones de allende el valle humano... ¿Serán de lágrimas? En las sombrías hoces de tus calles, da la lluvia al reflejo ojos humanos con mis ojos mejieron sus miradas, ansiosas de alimento de formas vivas. ¡Oh, mis calles de sombra y de recuerdos, encañadas henchidas de rumores de abismos de la vida; el río humano de que sois hondo cauce tajado a siglos, se lleva derretidos en su curso mis goces y mis penas; vuestras aguas bajo el agua del cielo adormecieron aquella sed eterna, desapagable, único lazo de las horas todas desde el nacer hasta el morir; hoy vuelvo a aquel mañana de mi ayer perdido, a aquella mi otra suerte que con vosotras, nubes de mi niñez y mis montañas, fué a perderse en los cielos del oriente! ¡Oh, mis nubes de ensueños no cumplidos, cómo en lenta llovizna regáis mi alma! ¡Ay, mi triste Nervión, preso entre muros, pobre arteria de enfermo; cada día del corazón desnudo de la tierra, del mar, en ti sentimos el pulso rítmico! También fuiste niño, jugueteando al pie de alisos, álamos y mimbres, con vueltas y revueltas indecisas entre los fuertes brazos de las montañas, como ensaya sus pasos vagarosos flanqueado por los brazos de su madre el pequeñuelo que se lanza al mundo con pureza en los ojos sin buscar hito. Gozaste bajo el cielo la verdura del valle en el sosiego, ¡quién me diera ver tu niñez, Nervión, ver estos campos cuando aún no eran la villa, cual Dios los hizo! Cortáronnos el curso, río mío, nos apresaron entre recios muros, os robaron verduras de la orilla, ¡juguetear por el valle ya no nos dejan! Dulces mimbres y sauces que en mis aguas de alborada el follaje retratasteis, ¡cuántas llevé de vuestras hojas verdes, juguete en mis espumas, al mar perdidas! Cual , preso entre muros, hoy transporta cargas de pensamientos en mis aguas y en vez de nubes blancas o de rosa reflejo, canal triste, ¡negrura de humos! Son, mi Bilbao, tu corazón los puentes; en ellos, sobre el agua, bate el ritmo de tu trabajo y es donde se te abre de montaña a montaña más ancho el cielo. eres, Nervión, la historia de la Villa, , su pasado y su futuro, eres recuerdo siempre haciéndote esperanza y sobre cauce fijo caudal que huye. Lengua de mar que subes por el valle a la Villa los pies hasta lamerla, nos traes con la sal de la marina sales de las entrañas del mundo todo. En pleamar rizan tu henchido pecho brisas del valle y sobre los metálicos reflejos de tus rizos retorciéndose tus barcos en imagen se descoyuntan. Bosques movibles de enjarciados mastes, cordajes empapados en salina de luengos mares; velas que han vibrado, bajo todos los cielos, a vientos libres; leños a que los témpanos del polo fregaron, y mojaron los chubascos del trópico, descansan en tu seno; del sudor de mil gentes la sal recoges. Y sufres la presión, Nervión sufrido, del recio ceñidor de los pretiles para ser padre de la fuerte villa la de los mercaderes hija del agua. Oh, mi Nervión, de mi pueblo el alma, que guardas sus dichas y sus penas, los siglos por tu cauce resbalaron llevándose la historia hacia el olvido; hacia el olvido, mar de nuestras vidas, mas, dejando la villa, monumento que durará por siglos de los siglos, colmena de las almas que en ti libaron. Nervión, Nervión de palpitante pecho, fuente de vida de mi pueblo, dame la mansedumbre de tus lentas aguas que al mar indiferente rinden su vida. Dame, Nervión, resignación activa, lava de tu hijo la inquietud ardiente, embalsama en la sal de tu marea para el viaje sin vuelta mi pobre espíritu.

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